Anochecía en aquella solitaria playa y estaba solo, por fin. El naranja del crepúsculo le recordó una de las camisetas favoritas de Beatriz, esa que siempre llevaba en las ocasiones especiales. Tendría que haberla llevado aquel día, sin duda había sido único.

 

Bajó la mirada y descubrió ante sí el manso mar, que solo se estremecía tímidamente contra las rocas desgarradas que intentaban separar la tierra del agua. Era una resaca del agitado movimiento diurno, una incansable lucha consigo mismo que lo dejaba ahora sin fuerzas, dejándose caer suavemente en la orilla. El azul oscuro que reflejaba el final del día, agravado por las nubes que teñían el horizonte, le recordó su profunda y serena mirada y se derrumbó. Nunca supo descifrarla del todo.

 

Su único compañero en ese paisaje solitario era el viejo faro, así que no le importó dejar que todas las emociones fluyeran por su cuerpo, como fluía el agua tan cerca de él, como fluía el aire entre su fina y sucia ropa. Que fluyeran ahora ya cansadas después de la agitación del día que las mantenía a flor de piel y en constante ebullición, como ese mar del que parecía contagiada su sangre. Dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas, serenas y mansas como el paisaje que contemplaba a través de la borrosa bruma de su pesar.

 

No podría saberse cuánto tiempo estuvo así, sentado frente al mar y compartiendo su ritmo; haciéndose parte de él a través de sus lágrimas silenciosas. Tampoco podría adivinarse el pensamiento de aquella figura torturada por la luz nacarada del atardecer y por el constante ojo acusador del faro, que volvía incansable sobre él la mirada. No sabemos si los pensamientos de su cabeza o las olas de aquel mar habrían acabado rompiendo el dique de su contención, o bien habría sido la acusación cíclica de aquella imponente luz, pero al fin se levantó.

 

Sus pasos lentos pero decididos no dudaban y se dirigían inexorablemente hacia el faro. Parecía haberse estabilizado su cuerpo y su mente; la calma se dibujaba en su rostro cuando finalmente llamó a la puerta, seguro de encontrar allí la salvación de su tortuosa condena. Al abrir la puerta sorprendido el solitario farero, no pudo articular palabra al ver lo que se encontró. Nuestro hombre solitario, habiendo hecho acopio de todas las fuerzas que le quedaban, no podía ya decir nada a aquel asombrado y fortuito interlocutor que también había quedado mudo. Cayó sobre sus rodillas y así quedaron ambos durante unos segundos que parecieron horas. Por fin el hombre, premonitoriamente penitente susurró:

 

          Llame a la policía.

 

 

 

 

 

 

 

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