Se subió en el coche como cada mañana y encendió la radio. Hacía todo de forma mecánica, lo que suele suceder cuando nos acostumbramos a algo. Pero de repente, al parar en el semáforo, notó un destello y no pudo evitar desviar la mirada al lugar del ausente copiloto. Inmediatamente apareció una sonrisa involuntaria en su rostro.

Allí, a los pies del asiento, había una botella de vino vacía de la que ella, obviamente, no se acordaba lo más mínimo. Pero de golpe volvió a rememorar la última noche que estuvo con él. Su sonrisa se fue congelando conforme su mirada se perdía…

Allí estaban los dos, como si de una película se tratara, parados en un paraje oscuro para poder ver la lluvia de estrellas. Con la única luz de los astros y la de sus ojos, que no podían brillar más. Le dio la mano debajo de la manta y sintió no quería estar en ningún otro lugar, solo allí a su lado y para siempre, contemplando la inmensidad del mundo y dando gracias por haberlo encontrado, justo a él.

PIIIIIII

El pitido le trajo de vuelta a la realidad, el conductor del coche que esperaba detrás parecía muy enfadado, había estado detenida un buen rato evocando aquel momento que le recordó la botella. No podía llegar tarde otra vez, así que aceleró y rezó para encontrar los semáforos en verde.

Mientras esperaba en el ascensor, después de mirar el reloj y comprobar que llegaba justa pero a tiempo, encaminó sus pensamientos de nuevo a la oportuna botella abandonada en el parking dentro del Peugeot…

Como las estrellas, aquel momento fue fugaz. La noche pasó más deprisa de lo que hubiera deseado como sucede con todas las cosas buenas y lo último que recuerda es quedarse dormida en el coche con la botella pendiendo en su mano, derramando las gotas finales, resquicio del embriagador brebaje que ahora le hacía sentirse mareada.

Fue él el que la llevó a su casa en su coche y la dejó a salvo en la cama. Al despertar estaba sola y sintió una tristeza tan grande que no la asimilaba, solo supo hacer lo que hacía siempre para no pensar: dejarse llevar por la rutina.

Así llegó donde estaba, al ascensor que la llevaba a la reunión de aquella mañana, a punto de llegar tarde. La emoción que había contenido hasta ese momento quería salírsele por todos los poros del cuerpo y no sabía como poner diques al desborde de sus ojos mientras sus manos no permitían mantener firme el maletín para fingir serenidad. ¡Maldita botella!

DING

El ascensor avisó de la llegada al piso con unos segundos antes de abrirse, en los cuales respiró profundamente para enfrentarse a su ahora tedioso e impertinente trabajo. Pero nada podía hacer ante lo que vio al abrirse aquella puerta: él. Ahí delante estaba él.

No pudo impedir que una lágrima se derramara por su cara, como aquella estrella fugaz que solo ella vio.

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