Abrió el ojo al percibir un suave movimiento a su lado y no pudo evitar una sonrisa al descubrir la maraña de pelo entre la que le miraban dos ojos azules tan claros como su alma. Sintió por un instante que todo el Universo tenía sentido y estaba en esa cama, se sentía el más afortunado por tenerla a su lado cada día y alargó el brazo para estrecharla entre ellos y descansar cinco minutos más.

Cinco minutos que días como aquel se convertían en diez, quince, treinta… y horas enteras remoloneando en ese Universo que habían creado. Un Universo de miradas, caricias, palabras… que juntas iban dando forma a los edificios de su vida. Unos eran de risas, otros de pequeños enfados fingidos, de conversaciones transcendentes y hasta de daños malentendidos. Pero juntos conformaban su mundo entre aquellas sábanas, un mundo que nadie más conocía.

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