Despertó. Al abrir los ojos vio una habitación completamente blanca que le era ajena. No recordaba nada y al intentar incorporarse sintió una punzada que se le clavó en lo más profundo de la sien. No podía moverse.

No estaba solo en aquella fría estancia, lo descubrió al oír una inquietante risa que respondía a su grito de dolor. Era la risa de una anciana que estaba en una cama contigua. Parecía estar en un hospital pero no veía a ninguna enfermera por allí y como tenía hambre decidió levantarse de la cama.

El tirón que dieron sus brazos al intentar desprenderse de las cuerdas que lo tenían atado le hizo caer con fuerza sobre la cama. El dolor le recorrió todo el cuerpo, empezando en la cabeza, donde se mantuvo al desaparecer del resto de extremidades.

“Mierda, qué hago atado, me duele todo… y esta gente qué hace aquí, no los había visto en mi vida… pero, parece que haya estado enfermo y si los conozco y no me acuerdo sabrán que no estoy bien, tengo que salir de este sitio, a lo mejor tuve un accidente, qué venga alguien pronto, por favor.”

Un hombre musculado vino hasta su cama mientras sus compañeros de habitación le gritaban improperios. “Qué es este maldito sitio.” Lo desató y solo le escupió las palabras: ¡Ya era hora! ¡Hala, fuera de mi vista!

Anonadado y desubicado empezó a andar y comprobó que el dolor que sentía tumbado no era ni la décima parte de la realidad. Le pareció que pasaban años hasta que llegó a una sala triste, oscura y con un hilo musical deprimente y repetitivo. Se sentó en uno de los sofás y cerró los ojos intentando reducir su dolor y enterrarlo en lo más profundo de sí.

De pronto notó una ligera presión en el hombro y, al abrir los ojos para ver quién le llamaba, descubrió la dulce cara de una chica rubia que, algo asustada, le pasaba una hoja de papel con impaciencia. Él la cogió sin apenas ser consciente de lo que hacía y la dulce chica rubia le susurró: “No la abras aquí”. Y al volverse para mirarla a los ojos un recuerdo cruzó su dolorida cabeza:

La joven mujer y él están corriendo, huyendo de algo. De repente, al llegar al final del pasillo, ella le sugiere separarse y encontrarse más tarde en un punto. Antes de partir en distintas direcciones, ella le da un beso.

Intentó buscar otra vez la dulce mirada pero ella ya no estaba. Una mala sensación le recorrió el cuerpo y no entendió a qué se debía. Parecía haber encontrado a alguien que lo conocía y parecía ser, al fin, una persona amiga.

“Necesito comer algo, de qué estaríamos huyendo y quién es ella, será mi novia, o mi mujer, o no la conocía de antes, esa puerta parece dar al interior del edificio, a lo mejor encuentro la cocina, qué hambre, y podré mirar la nota que me ha pasado, parece peligroso que me encuentren con ella… y si necesita mi ayuda, tengo que ir rápido, qué hambre”

Salió de la sala de los sofás buscando la cocina que imaginaba que debía haber en un sitio como aquel pero, después de encontrarse detrás de media docena de puertas habitaciones sobrias y blancas, iguales entre sí, sin nada de particular, decidió darse por vencido.

Entonces, cuando ya se había sentado en el suelo, rendido, vio una puerta diferente a las que se había encontrado hasta ahora. Era una puerta doble, más grande, y se fue acercando sigilosamente. Cuando estaba casi tocándola, percibió que de ella salía un murmullo y comprendió que había gente allí. El corazón se le aceleró y casi oía más sus latidos que lo que el hombre que estaba hablando decía, así que se aventuró a abrir un poco la puerta.

Se encontró en un lateral de una enorme sala y los hombres que estaban allí reunidos no hicieron el menor signo de percibir su presencia. Todos llevaban batas blancas. Se escondió detrás de una columna que parecía colocada estratégicamente y escuchó:

-¿Qué podemos hacer con él?- dijo el más bajito, que parecía preocupado por la conversación mantenida hasta el momento.

-Ella siempre consigue encontrarlo. Contarle todo. Y él siempre parece recordarla.- corroboró una mujer de pelo caoba con expresión consternada.

-Hay que buscar la manera de apartarla de él, no sé qué hace todavía aquí.- espetó un hombre serio, con las facciones marcadas. Era el más grande de todos.

-Los dos tienen que estar aquí, él no es un peligro mientras lo mantengamos como hasta ahora. El electrochoque funciona.- el hombre del pelo canoso habló con calma pero imponiendo sus palabras. El intruso entendió que este era el jefe.

-Algún día conseguirá salir de aquí con ella y entonces todos estaremos en un gran lío. O lo mataremos con tanta electricidad.- casi susurró el pequeño que había hablado en primer lugar.

-Si lo matamos, un problema menos. ¡He dicho que vamos a seguir así y punto! Ella no conseguirá que recuerde la verdad, al fin y al cabo, ¿quién va a creer a una loca? Dejemos que las cosas sigan su curso.- sentenció el hombre de las canas. Así dejó clara su superioridad frente a los demás y, al abandonar la sala, todos lo siguieron.

“Hablaban de mí, y de la chica rubia, quiere ayudarme, ella lo sabe todo, tengo que leer pronto su nota, rápido, no quieren que lo recuerde… van a matarme, rápido, tengo que esconderme, que no me encuentren, ese pelo rubio, tengo que leerla ya, quién es, por qué no la recuerdo, rápido”

Salió después de un rato por donde había entrado, pensando que ya todos se habían marchado pero, al doblar la esquina en el pasillo, se topó de bruces con el hombre bajito y apocado que había participado en el conclave de hacía unos minutos. Sabía que lo reconocería pero no pudo evitar un fugaz intercambio de miradas antes de echar a correr. Un recuerdo volvió a atravesar su mente:

El hombre pequeño lo separa de alguien con quien va de la mano. No puede ver quién es… Ella. Por el tacto es una mujer. Él ya no puede verla porque se lo llevan entre el bajito y el hombre fuerte. Le están pinchando con algo y empieza a ver borroso.

Mientras seguía corriendo, buscaba un sitio donde estar seguro, donde nadie le viese. Tenía que leer el papel de la dulce chica rubia. Estaba muerto de hambre así que trató de que esta vez su olfato lo llevara a un lugar donde pudiese sacar algo que llevarse a la boca. Deambulaba sin saber muy bien hacia dónde dirigirse hasta que vio un mapa que mostraba las estancias de ese piso: allí estaba la cocina, ya sabía cómo llegar.

Lo malo era que la cocina estaba muy lejos y temía que los hombres de las batas lo encontraran llevando aquel papel consigo. Era peligro tenerlo encima constantemente y ni siquiera saber qué decía. En el mapa salían también localizados los baños que había distribuidos por toda la planta y decidió que leería la nota en el más cercano. No podía seguir arriesgándose.

Entró cerrando la puerta tras de sí y sacó la nota precipitadamente del bolsillo. Con las prisas se le cayó al suelo. La sangre se agolpaba en sus venas amenazando con romperlas, tanta era la presión que sufría. Este era el mensaje:

Reúnete conmigo en la cocina. Ten cuidado.

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