El ritmo de sus latidos fue calmándose y su ánimo mejorando: por fin podía deshacerse de esa carga y, además, iba a ir a la cocina de una vez por todas.

Ya no tenía miedo de ser descubierto así que se dirigió tranquilamente hacia allí pero cuando estaba llegando se fijó en que nadie se diese cuenta de dónde entraba. Los pasillos estaban bastante tranquilos y si pasaba alguien era algún residente que cuchicheaba o gritaba incoherencias y que parecía no vivir ahí sino en un mundo propio del que él no formaba parte.

“Qué hambre, ahora voy a la cocina y pronto voy a saberlo todo, ella me espera y me contará lo que pasa y todo va a estar bien, qué hambre, puedo confiar en ella, los hombres de la bata no quieren que la encuentre, es por eso, ella me sacará de aquí, ya veo la cocina, qué hambre”

Se estaba acercando mucho y ya parecía que todo iría bien cuando empezó a escuchar gritos femeninos que procedían del interior. Se apresuró porque pensó que su única amiga necesitaba ayuda pero al entrar vio cómo se estaba deshaciendo de una mujer de pelo castaño y largo. Dándole un empujón le sacó por una puerta enfrente de esa por la que estaba entrando él. De la otra mujer solo pudo ver el pelo pero ya le hizo recordar:

Están enzarzados en una pelea. Él le dice que las cosas no pueden seguir así y ella le dice que la deje en paz o lo matarán. Le pega en la cara y le dice que lo deje ya. Le dice que se vaya, rápido, y se lo repite hasta que él hace lo que ella le está pidiendo.

Algo confundido pero impaciente se dirigió a la rubia y le preguntó que quién era. Sin embargo, ella no le contestó y lo primero que hizo fue ofrecerle comida, no sin antes depositar en ella unas pastillas de color rosa pálido sin que él se diese cuenta. Él confirmó que la chica lo conocía porque sabía que él tenía hambre, mucha hambre: ¡Por eso habían quedado allí!

Devoró la comida que le ofreció la rubia en dos minutos y en cuanto se puso a hablar con ella se empezó a encontrar mal. Estaba mareado y se le iba la cabeza, la dulce chica que le había proporcionado la comida le decía cosas sin sentido pero a él todo le parecía coherente. Ya no le importaba quién era ella, que hacían los dos allí y, por supuesto, ya ni recordaba a los hombres embatados que había escuchado a hurtadillas. Nada parecía importarle ya.

Ella le  convenció de que le quería, de que siempre habían estado juntos, y él no se cuestionaba nada de lo que la rubia le contaba. Ella le besaba y él se dejaba hacer. Hasta que ella le dijo que corrían peligro si alguien los encontraba, que tenían que irse de allí porque pronto vendrían los cocineros a preparar la cena.

Salieron corriendo de allí para no cruzarse con nadie por el camino y decidieron separarse. Era como su recuerdo.

“Por fin la he encontrado, qué dolor de cabeza, alguien que está de mi parte, pero no me ha dicho nada, qué hemos hecho, por qué quieren separarnos y… dónde hemos quedado, no hemos dicho dónde nos vamos a ver después, no me ha explicado nada, por qué no le he preguntado, qué dolor de cabeza, me he dejado convencer sin más, y si voy a los hombres con bata, les digo que me digan que está pasando, qué dolor de cabeza”

Los efectos de las pastillas estaban desapareciendo y su cabeza estaba volviendo a pensar con normalidad pero le producía fuertes dolores. Y cuando corría a un lugar en el que poder encontrarse con la rubia, aunque ya le parecía una batalla perdida, vio al fondo de un pasillo la melena castaña que aquella había sacado a la fuerza de la cocina. Le entró curiosidad por descubrir algo más, quería saber qué estaba pasando y ella estaba implicada. Pero tenía que ir con cuidado porque le había agredido y gritado, era una enemiga.

Ella estaba entrando en un una habitación-“Será la suya” pensó- pero entraba de forma apresurada y cerró la puerta tras de sí. Él decidió esperar a que saliera para seguirla y ver que hacía después pero cuando ella salió vio que se dejaba la puerta abierta. Decidió entrar.

Entra en una habitación pequeña, blanca y vacía y coloca sus cosas. Cuando está instalado empieza a escribir y escribir hasta que acaba por llenar un pequeño cuaderno rojo. Desesperado, se tumba en la cama.

La habitación le hizo recordar que esta no era la habitación de la chica con el pelo castaño sino la suya propia. Empezó a buscar el cuaderno rojo. Primero de forma pausada, en el escritorio y los cajones que había debajo y después de forma acelerada, por los rincones más insospechados de la habitación. No estaba por ninguna parte. Entonces pensó que la chica lo habría robado y se precipitó en su búsqueda.

Corrió por el pasillo por el que la había visto marchar y la vio intentando entrar en el lugar donde habían tenido su reunión los hombres de las batas. Se acercó a ella a toda prisa para arrebatarle el cuaderno rojo donde fuera que lo tuviese escondido pero al otro lado del pasillo vio como se acercaba el hombre que lo había liberado de la camilla y otros dos muy similares a él. Se apartó un poco de ellos y de la chica, con miedo, pero se dio cuenta enseguida de que no iban a por él, sino a por ella.

Mientras la agarraban para llevársela él pudo ver su cara y sus ojos se cruzaron con el mar azul que eran los ojos de ella. Pero no un mar en calma. Uno embravecido. Entonces, y solo entonces, lo recordó todo.

Su mujer era periodista y había estado haciendo un reportaje sobre ese lugar: un manicomio que llevaba a las afueras del pueblo más de cien años. Cuando quiso salir de allí con toda la información que había recabado no se lo permitieron y destruyeron todas sus pruebas. Era un lugar horrible, maltrataban a los internos y utilizaban el electrochoque sin control. No podían permitir que aquello saliera a la luz. Su mujer salió de allí sin nada y solo él confió en su palabra. El manicomio consiguió que la tomaran por loca y la internaran allí. Él había intentado rescatarla pero nadie le había hecho el menor caso. Se coló en el lugar para hacer videos que pudiesen confirmar el maltrato que allí se cometía pero lo descubrieron. Desde entonces, lo tienen a raya con electrochoques. Cuando recuerda algo, o antes incluso de que lo haga, le dan descargas para dañar sus conexiones neuronales. Pero al ver a su mujer siempre recuerda, porque el amor que le profesa es superior a la electricidad y quiere sacarla de allí. Cuando conseguían encontrarse y él recordaba, solían acabar discutiendo porque los planes de fuga de él le parecían a ella un disparate. Al final acababan pillándolos siempre, pero él no se rendía. Una vez había conseguido incluso escribirlo todo en un cuaderno rojo. El cuaderno desapareció en manos de alguien con una bata blanca. La chica rubia lo había encontrado una de aquellas veces y, como no tenía memoria, le había hecho creer cosas disparatadas, se divertía con él. Ella sí estaba loca. No era su mujer.

Su mujer era castaña. Los médicos vigilaban siempre mucho a los dos pero él siempre la veía y siempre recordaba.

-¡Violeta!- gritó.- ¡Ahora lo recuerdo todo!

-Lo sé.- sonrió ella.-Siempre lo haces.

Llegaron más enfermeros y lo intentaron llevar a la sala de electrochoque pero él se resistía con todas sus fuerzas. Aún no se rendía. Saldrían de allí y serían felices. No dejaba de tener la esperanza de que el amor pudiese vencer a todos los demás.

Le pusieron una inyección que logró dormirlo y lo siguiente que vio fue el techo blanco. Trató de levantarse pero estaba atado de pies y manos y cuando intentó gritar le metieron un aparato en la boca.

-Ahora.- ordenó uno de los enfermeros.

Y la descarga hizo que perdiera el conocimiento. Y la memoria.

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