El preso miraba el sol radiante que entraba por la ventana. Por esas fechas se celebraba el carnaval y se imaginaba las calles principales de la ciudad engalanadas para la ocasión. Sabía que estaba lejos de aquella zona pero parecía ver allí mismo los colores y reflejos de las lentejuelas de los trajes. De hecho, aunque fuese imposible, juraría escuchar los tambores y las comparsas que acompañaban al desfile. Tan viva sentía la fiesta.

Esto pasaba en su cabeza mientras miraba los escasos rayos de luz que penetraban en la oscura habitación. Las ganas de estar fuera de allí eran, cada día que pasaba dentro, más y más fuertes, como si el oxígeno fuera agotándose, como si la vida fuera desperdiciándose cada hora, cada minuto, cada segundo; esfumándose por esa pequeña ventana que era su mundo. Cada vez tenía menos alegría, menos ganas de vivir, menos motivaciones e intereses, una espiral le atraía hacia abajo inexorablemente.

La puerta estaba abierta desde el principio y él seguía creyéndose preso.

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